Sólo me mata el tiempo, y tortura él mismo perdido,
mis cicatrices y principios se unieron ante el abismo.
Quien a hierro mata, a hierro muere,
yo moriré entre tinta, envenenado por mi suerte.
Usé durante años espadas y escudos,
en mis peores momentos huí de los verdugos.
Analicé lógicas, leyes, leyes Reales ilógicas,
analicé personas, que resultaron ser copias o momias.
Armé un caparazón, impenetrable, infranqueable.
Me armé de razón, argumentando fui insoportable.
Armé mi corazón, tras años residiendo el tiempo, rey ingobernable.
Armé mis amores, amé lo inimaginable.
Fui un héroe de invierno, villano de verano,
ayudé a todo el mundo dejando el camino destrozado.
Tiré piedras, rocas y acantilados, a grito pelado.
Tiré de la mano de quien me hubo necesitado.
Olvidé los principios por obcecarme en los finales,
mas recuperé todos tras volver a mis cabales.
Hilé segundos, encadené palabras, y en los momentos más oscuros,
conseguí que la experiencia me guiara.
Fié amores, pagué lamentos,
y la hipoteca de mi alma reniega de sus sentimientos.
Fié palabras, pagué mentiras,
y aún así el peor de mis males, es tener la conciencia tranquila.
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