lunes, 10 de febrero de 2014

Sentidos confundidos.

Que si no caen mil no cae ninguna me dijeron
unos ojos ciegos hartos de degustar cuerpos.
Se vestían y desvestían
en cuestiones de milésimas, cualquier día.
Nunca tenían excusas, siempre eran motivos.
Un día porque sí y al siguiente porque no,
pero nunca repetían, siempre era distinto.

Daba igual el collar, el cuero,
eran unos dedos, llenos de callos,
desgastados por el tiempo.
Evitaban los labios,
repasaban cada poro, con mucho cuidado.
Escuchaban al cuerpo, con mucho tacto.

¿Y ese olor? Casi muerto, podrido,
un día tras otro lo mismo,
la misma mierda, pseudo-ciencia.
Los mismos hedores que pagar a Hacienda.
Ni una tienda de velas camuflaba tanta mala esencia.

Era el mal sabor de boca,
la gran cantidad de comida que tragaba,
la muy poca que en verdad disfrutaba.
Siempre dando guerra, nunca callaba.
Controlada por una mente perversa,
soltaba lastre y domaba a la fiera.

Y en el más silencioso de los silencios,
era un grito lo que se degustaba.
Verde esperanza,
símbolo de que la guerra avanza.
Melodiosa aquella voz
que susurraba a pleno pulmón:
¡REVOLUCIÓN!

Y mientras tanto, alguien,
en pleno otoño, quién sabe.
Caían las hojas de los árboles,
y escribía en ellas, al vuelo, palabras cortantes,
como un vuelo rasante:
Que caiga el sistema,
que se enrede entre tus piernas.
Pero que rueden cabezas,
como rodó la mía por ti.
Que no tengo lema,
pero si mi viaje comenzó hoy aquí,
que acabe mañana, allí,
fuera del y vencido sistema,
contigo.




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